Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2005.

01/05/2005

Crítica a los críticos (de cine)

Ayer fui a ver La intérprete. No está nada mal, sobre todo por las interpretaciones de Nicole Kidman y Sean Penn, pero ahora no voy a hacer el análisis de la película; tal vez otro día.

Estos días ando emocionadísima porque se van a estrenar dos películas que tengo muchísimas ganas de ver: el Episodio III de Starwars y El Reino de los Cielos. Soy una gran fan de la saga de Starwars desde que vi las originales en la tele de pequeña, y la segunda es una película épica y (pseudo)histórica -que es un género que me encanta-, parte se rodó en España (como sabéis) y además están Orlando Bloom, Liam Neeson, Jeremy Irons, Edward Norton, ¿ya he dicho Orlando Bloom?... vamos, unos cuantos actores que me encantan.

Antes de entrar en la sala de cine compré la Fotogramas, principalmente por el especial de Starwars y el reportaje de El Reino de los Cielos (normalmente la leo en internet, para ahorrar), y en los trailers antes de la película nos pusieron los dos que estaba esperando. Salí eufórica del cine, más por los trailers y la revista que tenía en la mano que por la película en sí.

Llegué a casa y lo primero que hice fue mirar la crítica de El Reino de los Cielos, que es la que se va a estrenar primero y con la que estoy más emocionada (hasta que se acerque el estreno de la otra). Y entonces... chof. Sólo le dan dos estrellas de cinco. Me quedé chafada. ¿Será así de mala?

Luego empecé a recordar. Hay un montón de películas que a mí me encantan (tampoco es que las considere obras maestras) y que los entendidos en cine ponen bastante malas. Ahora mismo me acuerdo de Troya. Los críticos dicen que fue una decepción (para mí la decepción fue King Arthur), pero a mí me gustó mucho -dejando aparte a Brad Pitt, que parecía que tenía cuatro caras fijas y las iba rotando-. En Fotogramas también le dieron dos estrellas. Y luego le ponen tres a La Búsqueda, que deja bastante que desear (exceptuando a Sean Bean; Diane Kruger tampoco lo hace mal del todo), y a Be Cool, la de John Travolta, en la que me aburrí como una ostra. ¿Será que soy idiota? ¿Por qué no sé distinguir una peli buena de una mala?

Y otra cosa: Orlando Bloom. ¿Por qué los críticos le desprecian tanto? Vale, hay muchos actores mucho mejores que él, pero también es un buen actor y, sobre todo, tiene un gran talento, que lo harán mucho mejor actor con el tiempo y más experiencia. Hace nueve -casi diez- años que dejé de ser una quinceañera, y no me guío sólo por su cara bonita (aunque está como un tren). Prueba de ello es que no me gusta nada como actúan "guapos" como George Clooney, Richard Gere, Brad Pitt, Nicolas Cage, Bruce Willis (estos dos últimos ni siquiera son guapos) o Tom Cruise (éste me cae rematadamente mal, no se exactamente por qué, ¡si no le conozco personalmente!). ¿También soy una inútil juzgando el trabajo de los actores?

Por favor, si alguien que entienda de esto más que el espectador medio -o no, todos serán bienvenidos-, que me explique por qué soy una imbecil a la que le parecen buenas las películas malas y aburridas las buenas.

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01/05/2005 10:04 Quiero enlazar este artículo. Tema: Pensamientos No hay comentarios. Comentar.

02/05/2005

Lección 3: La claridad

Para alcanzar la claridad en un escrito nos ayudará, en primer lugar, la concisión. Un estilo conciso será aquel que se esmere en utilizar el menor número de palabras para expresar una idea con la mayor exactitud posible. Concisión implica densidad (y no brevedad), y lo contrario sería la vaguedad, la imprecisión, el exceso de palabras y de retórica.

Otra cuestión importante para alcanzar la claridad es la oralidad de la escritura. Un truco que viene bien a la hora de escribir es imaginarse que se tiene al lector delante, e intentar acoplar los aspectos del lenguaje no verbal (una mirada afable, un golpecito afectuoso, un gesto de advertencia, una sacudida de manos...) al discurso por medio de las palabras, del tono, del contenido. Hemos de tener presente que el lenguaje escrito se debe aproximar bastante —más de lo que pensamos— al lenguaje oral.

Otra de las cualidades que ayudarán a que un escrito sea claro: la simplicidad. Algo, de nuevo, que parece fácil de conseguir, y que sin embargo se convierte en una ardua tarea cuando nos han enseñado toda la vida a lo contrario: a complicar las cosas. Lo que ocurre en verdad, es que un buen científico, un buen filósofo, un buen economista o un buen juez no tienen por qué ser necesariamente buenos redactores o buenos escritores; es más, raramente se da ese caso. Ahora bien, cuando coinciden en una persona las dos aptitudes, el contenido de lo que escriba será mucho más asimilable para cualquier lector, que al fin y al cabo es de lo que se trata. Esa falta de aptitud (y de ingenio) para la escritura de muchas de las personas que han escrito y escriben (en el campo científico, lingüístico, didáctico, empresarial o periodístico) ha sido claramente nocivo para toda persona que desea expresarse por escrito lo mejor posible, pues si hemos leído mucho de quienes escribían bien, también llevamos el lastre de los que lo hacían mal, por medio de complejas abstracciones difíciles de descifrar, y que son los que han propiciado el tópico —que permanece en el inconsciente colectivo— de que cuanto más confuso y retorcido es un texto, mayor profundidad tiene y mejor escrito está.

A continuación vamos a ver brevemente algunas de las características que ha de cumplir el discurso para que resulte claro para el lector:

Totalidad: Hay que tener en cuenta que cada palabra, cada frase, cada párrafo de un texto va a estar en función del resto y, así como no podemos hacer gran cosa con un solo ladrillo si no lo juntamos con otros para construir una casa, un párrafo dentro de un escrito (por muy afortunado que sea) sólo nos dirá algo en función de los demás. Esto quiere decir que quien escribe, a la hora de incluir o desechar una palabra o una expresión ha de tener en cuenta las anteriores, pues no se pueden entender de forma aislada, sino que es precisamente la red de conexiones entre ellas la que aportará el significado al texto.

Comprensibilidad: Otra de las características que marca al discurso es que va dirigido a un lector, por lo que forma parte de un acto de comunicación. Y eso debe reflejarse en la forma del texto. El que redacta desea plasmar por escrito aquello en lo que quiere hacerse entender. El discurso ha de ser, por su misma esencia, comprensible. Tener en la mente que aquello que estamos escribiendo tiene un destinatario (sea del tipo que sea) siempre ayudará a poner los ladrillos del discurso. Y tener al otro lado de nuestras líneas a alguien con capacidad de análisis y comprensión (limitadas, eso sí: ningún lector es adivino) pondrá frenos a nuestro discurso, pero también le ofrecerá múltiples posibilidades.

Lenguaje escrito: No es lo mismo contarle algo a alguien en una cafetería que escribir. Otra de las características de las que no se escapará el discurso es su calidad de lenguaje escrito. Hay que saber utilizar, sin embargo, las estrategias que sólo la escritura ofrece, y que llevarán a que un texto pueda resultar más claro y convincente aún que si se tratara el tema en charla espontánea.

Hay que tener también en cuenta que el tiempo siempre actúa en favor del escritor. Cuanto más tiempo se le dedique a ordenar y clarificar un escrito, más éxito tendrá cuando sea leído. El lector no sabe que uno se ha pasado horas y horas tachando y rescribiendo, sino que aquello le parece salido de la chistera de un mago, porque el tiempo que él tarda en leerlo no es proporcional al tiempo que uno puede dedicar a pulirlo.

Continuidad: La última característica del discurso que me interesa señalar aquí es su forma continua. Así como un cuadro lo podemos abarcar en un solo golpe de vista, y el pintor tiene eso en cuenta a la hora de utilizar los recursos pictóricos, un texto exige un avance. En un escrito, sin embargo, el avance es desde la primera línea hasta la última. Por tanto, el escritor ha de tener en cuenta, a la hora de construir su discurso, que el lector sólo tendrá la concepción final de totalidad cuando haya terminado de leer el texto, y que hasta ese momento ha de ser guiado y motivado a lo largo de los párrafos, de forma que en cualquier momento tenga una idea más o menos clara de lo que ha leído hasta ese instante y a la vez esté interesado en continuar.

PROPUESTA DE TRABAJO

Rellenar el discurso

Léete el siguiente fragmento incompleto de Las brujas, de Roald Dahl, y después rellena los huecos en el siguiente texto. Échale imaginación al asunto. A continuación, comprueba que el discurso cumple todas las características que se han visto en este tema y, si no lo hace, enmiéndalo.

Míralas cuidadosamente a los ojos, porque ...................................................................... Mírala en el centro de cada ojo, donde normalmente hay .......................................... Si es una bruja, el ............................... cambiará de color, y verás ............ o verás ................. bailando justo en el centro de ese punto. Te darán escalofríos por todo el cuerpo.
En realidad, las brujas no son ............ Parecen ............ Hablan como las ............ Y pueden actuar como las ............ Pero, de hecho, son seres completamente diferentes. Son ................................................................... Por eso tienen garras y ...................................... y .............................. y ...................................., todo lo cual tienen que disimular lo mejor que pueden delante de ...................................
Nunca puedes estar absolutamente seguro de si una mujer es ..................................
sólo con mirarla. Pero si lleva guantes, si tiene ........................................................., los ojos ........................................... y su pelo ........................................, y, si, además, sus dientes .............................. si tiene todas esas cosas, entonces, ............................................

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08/05/2005

El Reino de los Cielos

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Estaba deseando ver esta película desde que se empezó a rodar aquí en España. Tanto que convencí a mis amigos de ir el día del estreno, incluso de comprarnos las entradas unos días antes por si había avalancha (cosa que aquí nunca sucedió hasta las películas de El Señor de los Anillos, ni siquiera con las de Starwars hay mucho problema, pero bueno).

Pocos días antes empezaron a salir las críticas en las revistas españolas, y ninguna era muy buena. Pero yo seguía convencida de que una película épica-histórica del Ridley Scott de Gladiator tenía que ser increíble, y que Orlando Bloom, aunque no hiciese una interpretación magistral, también iba a estar muy bien y empezarían a quitarle el sambenito de “sólo soy actor porque soy guapo”. (Ver el artículo anterior Críticas a los críticos, un par de artículos más abajo.)

Por fin el viernes la vi y… está bien, pero me esperaba más. O quizá sea mejor decir que me esperaba otra cosa.

No es por los actores. Si hay algo que hace que esta película suba en mi estimación son ellos. Como esperaba, Orlando Bloom estuvo muy bien. Por supuesto, no es de Oscar, pero ha demostrado que sabe actuar; transmite muchas cosas con sus gestos y, sobre todo, con su mirada Image hosted by Photobucket.com Estoy segura de que dentro de poco -con un pelín más de experiencia- nos ofrecerá una actuación en la que nos quitará el hipo.

También hay que destacar a Eva Green, Liam Neeson –que con lo poco que sale ha sabido aprovechar el papel-, Edward Norton –capaz de transmitirnos sus sentimientos incluso con una máscara rígida- y a Ghassan Massoud –imponente como Saladino-.

Desde luego, lo más importante de esta película es el mensaje de tolerancia y de paz, de que podemos vivir juntos sin matarnos. Este mensaje se transmite muy bien, aunque demasiado enfocado desde la perspectiva del siglo XXI. Después de siglos escuchando leyendas de la Reconquista en la que los moros son los malos malísimos, está bien un cambio de enfoque y ver que tampoco los cristianos eran de fiar. Aunque se han pasado un poco al no exponer la maldad que también había en las filas sarracenas, que en todas partes cuecen habas.

A mí lo que me falla es Ridley Scott: la forma de contar la película. No sé si es porque quiere contar cosas que pasan en bastante tiempo en muy poco, o porque lo hace con una estética cercana al videoclip, como dice un amigo mío, pero la historia va dando saltitos, las escenas son como flashes un poco inconexos entre sí. Nunca llegas a perderte en la historia, pero parece como si faltase algo que enlace una escena con la siguiente, como si sólo contase los puntos sobresalientes: “ahora llego aquí, ahora conozco a Sybila, ahora voy a mi casa…” No hay una evolución continua de la historia. Tampoco se profundiza lo suficiente en la relación entre los personajes.

[spoiler pequeñín] Y que alguien me explique por qué al naufragar sólo sobreviven, sin un rasguño, Balian y su caballo. Menuda americanada. [fin del spoiler pequeñín]

Eso sí, la fotografía es preciosa. La ciudad, el desierto… magnífico. Loarre sólo sale unos minutos y la catedral de Ávila unos segundos, pero juraría que el 80% de los interiores se han rodado en la Alhambra: están las ventanas moras con filigranas por todas partes. Y en una escena se ven unos segundos un patio con una fuente que me suena mucho, pero del que no me acuerdo el nombre (no, no es el Patio de los Leones; la fuente es cuadrada, no tiene leones y el patio es mucho más pequeño).

El vestuario y atrezzo también están muy logrados. En dos o tres ocasiones se puede ver el pendón del Reino de Castilla y León (se le llama sólo Reino de Castilla, pero este se unió/absorbió al de León en el siglo XI, y luego siguieron “absorbiendo” más reinos, como sabéis), destacando con sus leones rojos y sus torres amarillas. ¡Arriba Castilla! (Ejem, dejemos el momento patriótico/nacionalista y sigamos.)

Otra crítica que tengo es al doblaje, no en general, sino del nombre de Saladino. Si en España toda la vida se le ha llamado así, ¿por qué hacer que rechinemos los dientes al oír: Salahadin (léase Salajadin)? Parece ser su pronunciación en árabe, más que en inglés, que quizá es como lo dirían en aquellos tiempos. Bueno, vale. Pero una vez que ya habéis elegido que se pronuncie así, ¿por qué en dos ocasiones se dice Saladino? Y en una de ellas, Balian dice Saladino y después Salahadin en dos frases contiguas. A ver si nos fijamos, señor director de doblaje. Aunque sigo diciendo que hubiese sido mucho mejor decir siempre Saladino.

La banda sonora me gusta mucho. Yo la tengo desde hace un par de semanas, cortesía de la mula. Es muy suave, no hay grandes “concentraciones de sonido” en las batallas, como en otras; posiblemente porque de las batallas sólo se ve el principio, cuando cargan, y el final, un montón de cuerpos por el suelo. Incluso hay un momento en que parece que se esfuman mientras están peleando. Hay partes de estilo árabe, partes que parecen sacadas de la iglesia y unos coros magníficos. La canción final es muy bonita; la pega que tiene es que está cantada en árabe (cosa que me parece muy bien dada la ambientación de la película) y no hay quien sepa lo que dice. Ni siquiera es posible encontrarla por internet (si alguien se la compra y viene la letra que me la pase, por favor).

Si queréis una crítica más detallada y mucho mejor explicada, la de La Butaca es bastante cercana a mi opinión. La próxima vez voy a leer más críticas y a creérmelas, aunque no sea más que para bajar el listón y no pegarme el batacazo. Estoy segura de que si hubiese ido con menos expectativas me habría gustado mucho más.

En resumen, a pesar de todo está bien, no es una pérdida de tiempo y dinero el verla, pero no os esperéis otra tan buena como Gladiator.

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09/05/2005

Lección 4: Naturalidad

Un estilo natural es el que surge del vocabulario y del nivel lingüístico de la persona que escribe, y no a través de expresiones y términos prestados. La misma expresión puede resultar natural surgida de un adulto y artificiosa de un niño, porque quizá en el primero se amolda al resto del escrito y en el segundo destaca en el texto como un dromedario en el Congreso de los Diputados.

Vamos a ver a continuación algunos estilos prestados y vicios perniciosos que dificultan que las personas saquemos a la luz la naturalidad de nuestro lenguaje.

Para ello, se resumen a continuación los cuatro estilos a los que suele tender nuestra escritura cuando comenzamos a escribir, y que Ángel Zapata analiza en profundidad en su libro La práctica del relato. Manual de estilo para narradores:



Estilo formal

El estilo formal estamos hartos de leerlo. Sería el de los textos administrativos y el de los manuales de instrucciones, el de las actas empresariales y el de los libros de texto. En narrativa, es un recurso que se emplea alguna vez en la literatura del siglo XIX y muy poco en la del XX. Y por regla general lo que garantiza es un aburrimiento mortal del lector. Curiosamente, es un estilo que se nos pega con increíble facilidad, como una especie de pelusa de modorra que le sale a la prosa casi sin poder evitarlo. Sin embargo, más vale ser consciente de cuándo lo estamos usando (nosotros y los demás) y evaluar si es acertado su uso en esa ocasión.

Un ejemplo de escritura narrativa en la que predomina el tono formal podrían ser estos párrafos:

Después de la excitación inicial —lógica en esa situación— nos pusimos a charlar. Al poco rato nos dimos cuenta de que nuestro encuentro no había sido casual. A pesar de que ella tenía muy claras sus intenciones, y así me lo repitió varias veces, aquella tarde nos confesamos mutuamente nuestras penas, y empezó esta relación que ha dado un vuelco a mi vida. [...]
Al cabo de dos o tres encuentros llegué a la conclusión de que ella había decidido borrar de su mente cualquier posibilidad de mantener una relación estable con un hombre. No sé qué experiencias llegó a tener, pero empecé a pensar que no me explicaba con detalle sus relaciones pasadas.


En este fragmento la redacción es clara, y las ideas y los hechos quedan expuestos con nitidez. Y sin embargo falla el tono. Al leer estos párrafos —es cierto— sé lo que ha ocurrido entre los dos protagonistas. En cambio no lo siento ni lo imagino, porque los hechos están contados desde la lejanía anónima que lleva aparejado el tono formal. La historia nos llega con la misma distancia que una carta de cualquier institución.



Estilo enfático

Por oposición al estilo formal, podríamos decir que el estilo enfático implica una cercanía excesiva entre el autor y sus lectores... El autor enfático más que contar las cosas se las grita al lector en el oído; narra su historia a voces. Aunque en momentos aislados este recurso puede ser de utilidad, tomada como estilo, como rutina expresiva, la escritura hiperbólica es un obstáculo para el aprendizaje.

Podemos observarlo en este párrafo:

Intentaré, si puedo, arreglar mi habitación, que huele a podredumbre. Las sábanas tienen un tacto viscoso, viscosidad repulsiva de lagarto. Al pasar las manos por el cabezal de madera intentando atrapar su frescor, rezuma una baba que me sacude. Mi cuerpo exuda miasmas de agua estancada. Siento asco, y no puedo controlar el vómito que se esparce por el piso. Líquido rosa de mi interior, incontenible, pringoso.

El efecto estilístico de este párrafo resulta abrumador. Se trata de un párrafo bien escrito, pero el asco lo invade todo: la habitación, los objetos que contiene, las sensaciones y las reacciones del personaje. Lo repulsivo queda tan enfatizado en la prosa, que satura al lector hasta hacerse inverosímil.



Estilo retórico / poético

El exceso de retórica vuelve ilegibles los textos y el lirismo es fácil que empalague. Sin embargo, esta es otra tendencia que nos amenaza cuando escribimos algo supuestamente literario.

El propio Borges, el colmo de la sobriedad, en sus textos primerizos resultaba bastante cargante. Son líricos, retóricos y, en definitiva, artificiales. Veamos un ejemplo de una de sus obras de juventud (El tamaño de mi esperanza):

Hace ya más de medio siglo que un paisano porteño, jinete de un caballo color de aurora y como engrandecido por el brillo de su apero chapiao, se apeó contra una de las toscas del bajo y vio salir de las leoninas aguas (la adjetivación es tuya, Lugones) a un oscuro jinete llamado solamente Anastasio el Pollo, y que fue tal vez su vecino en el antiyer de ese ayer. Se abrazaron entrambos y el overo rosao del uno se rascó una oreja en la clin del pingo del otro, gesto que fue la selladura y reflejo del abrazo de sus patrones. Los cuales se sentaron en el pasto, al amor del cielo y del río y conversaron sueltamente y el gaucho que salió de las aguas dijo un cuento maravilloso.

Aparte del vocabulario y la ortografía criollistas, el texto tiene tal densidad retórica (metáforas, metonimias, culteranismos, arcaicismos), que la prosa se convierte en un auténtico jeroglífico.



Estilo asertivo

El estilo asertivo sería aquél que se apoya casi continuamente en la afirmación, y representa un obstáculo para la naturalidad de la prosa porque las personas no solemos hablar así, mediante escuetas afirmaciones, sino que nuestro discurso está lleno de matices.

En el estilo asertivo se prescinde del todo de la subjetividad y las emociones del emisor, y puede ser apropiado para un informe técnico, una noticia del periódico o cualquier texto en donde prime el valor informativo, pero no para la narrativa.

Veamos el siguiente párrafo:

El mechero escupió una luz azul y amarilla y el cigarrillo comenzó a desvanecerse en una ascendente y fina capa de humo grisáceo. Tras la primera calada me dejé arrastrar por el efímero deleite del sabor amargo de la nicotina y recordé aquella sensación de mareo vertiginoso en espiral que me había producido mi primer pitillo [...] Recorrí con la vista la habitación. Las cosas permanecían en esa eterna mudez que produce miedo. Todo estaba estática y estéticamente preparado: las patas de la silla milimétricamente separadas de las juntas de las baldosas, la soga a un metro sesenta del asiento, las cortinas echadas, el ánimo vencido.
El narrador va afirmando una serie de hechos, y los afirma sin vacilación alguna, sin apenas matices. No hay dudas en su voz, ni reticencias, ni ironía, ni amargura. Ni siquiera escuchamos una voz, sino una enunciación impersonal, casi mecánica. Por expresarlo de algún modo: el narrador no transmite a sus lectores la conciencia viva de estar contando algo.


Vamos a ver, en las antípodas del estilo asertivo, un párrafo de J. D. Salinger, perteneciente a su relato «El periodo azul de Daumier-Smith»:

Mi padre y mi madre se divorciaron durante el invierno de 1928, cuando yo tenía ocho años, y mi madre se casó con Bobby Agadganian a fines de esa primavera. Un año más tarde, en el desastre de Wall Street, Bobby perdió todo lo que tenían él y mamá, excepto, al parecer, una varita mágica. De todos modos, prácticamente de la noche a la mañana, Bobby se transformó de ex agente de Bolsa y vividor incapacitado en un tasador vivaz, si bien algo falto de conocimientos, de una sociedad norteamericana de galerías y museos de arte independiente. Unas semanas más tarde, a principios de 1930, nuestro terceto un poco heterogéneo se trasladó de Nueva York a París, más conveniente para el nuevo trabajo de Bobby. Yo tenía a los diez años un carácter frío, por no decir glacial, y tomé la gran mudanza, por lo que recuerdo, sin ninguna clase de traumas. La mudanza de vuelta a Nueva York, nueve años después, a los tres meses de la muerte de mi madre, fue lo que me alteró, y de un modo terrible.

Si nos fijamos bien, a través de expresiones como «al parecer», «prácticamente», «si bien», «un poco», «por no decir», «por lo que recuerdo» o «de un modo terrible», el protagonista va matizando sus afirmaciones. Decir que un personaje se transforma de la noche a la mañana supondría una aserción rotunda. En cambio, decir que se transforma prácticamente de la noche a la mañana, no sólo resulta mucho más verosímil... sino que indica que el narrador está vivo.

Podríamos decir que el propio narrador no suscribe al cien por cien algunas de sus afirmaciones; que a la vez que cuenta su historia, dialoga con ella y consigo mismo. Estos elementos que hemos señalado se llaman «modalizadores», y su función dentro de un texto escrito consiste justamente en restar peso a los enunciados rotundos. «Tal vez», «casi», «quizá», «algunas veces», «en cierto modo», «algo», «un poco», «en parte», «podría ser», «hasta donde yo sé»... son algunos de los modalizadores más frecuentes; y la diferencia entre las dos frases que veíamos al principio estriba en el uso o la omisión de este tipo de elementos.



PROPUESTA DE TRABAJO

Desnúdalos

Despoja a los párrafos con que se ejemplifica en esta lección el exceso de formalismo, énfasis, retórica y asertividad, traduciéndolos, además, a tu propio estilo y lenguaje. Da igual que varíe en alguna medida el significado; importa, más que nada, lograr dar la vuelta al estilo en el que están escritos.

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14/05/2005

Símbolos celtas: el Árbol de la Vida y la Rueda Celta del Año

Después de todo este tiempo, creo que ya es hora de que estrene este tema, que para mí es apasionante. He tardado tanto en empezar porque tenía la idea de empezar por el principio: quiénes eran los celtas, historia, costumbres, religión... y, la verdad, es que cuesta un poco bastante redactar eso. Pero luego me di cuenta de que esto no es una clase donde haya que ir en un orden, así que voy a empezar con algo más sencillo, que es el significado de los símbolos celtas.

La cultura celta se ha transmitido durante generaciones de forma oral. La lengua celta no tenía caracteres para ser representada de forma escrita. Esto ha hecho que los únicos documentos escritos de los antiguos celtas sean los de los historiadores romanos, con la consecuente interpretación y pérdida de conocimiento. Todo esto ha hecho que no sepamos exactamente cómo era la cultura celta en su apogeo, y que los libros sobre el tema no digan lo mismo sobre quiénes eran sus dioses o lo que significaban los símbolos, por ejemplo. Depende de la fuente, variaran las fechas de los árboles o a qué protegía cada dios, pero la esencia es la misma.

Ya os dejo con los dos primeros símbolos de los que voy a escribir. De ambos se puede hacer un estudio más detallado, pero primero vamos a ver la simbología en general y después ya nos extenderemos más con aquello que lo merezca.



El Árbol de la Vida

No cabe duda de que los árboles tienen una gran importancia en la cultura celta. La vida de los hombres está íntimamente relacionada con los bosques. Éstos les proporcionan protección, cobijo, la leña que alimenta las hogueras y en ellos se abastecen de caza y frutos necesarios para su alimentación. Algunos árboles como el roble, son elementos sagrados a los que los celtas guardaban un profundo respeto. Los druidas utilizaban los bosques como aulas donde impartían sus enseñanzas y conocían profundamente los secretos de las plantas, de las cuales extraían los ingredientes principales de sus remedios medicinales y sus pócimas. Por lo tanto, dentro del estudio de los símbolos, es acertado empezar hablando de los árboles, esencia de la vida.

El árbol establece la comunicación entre los tres niveles del cosmos: el subterráneo, por sus raíces; la superficie de la tierra, por el tronco; y el cielo, por la copa y sus ramas. Es por tanto el eje del mundo que establece la relación entre la tierra y el cielo. El árbol de la vida surge de un recipiente, una vasija que simboliza a la madre tierra, de la que nace toda la vida.

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Significado de los árboles

Abedul: el principio de las cosas. Se utilizaba para purificar.
Serbal: protección. Aleja las influencias malignas.
Fresno: el árbol de la vida. Tiene poderes mágicos.
Aliso: la fuerza emocional y la perseverancia.
Sauce: el equilibrio emocional y la regeneración.
Roble: árbol sagrado. Señor del bosque. El poder y la fuerza.
Acebo: símbolo de lucha y protección. [Para eso es el acebo que se pone en las puertas en Navidad, para proteger.]
Avellano: símbolo de sabiduría y conocimiento. [¿Por eso las varas de los antiguos maestros que pegaban a los alumnos solían ser de avellano?]
Saúco: árbol mágico relacionado con las hadas. Sus flores combaten los hechizos.
Tejo: renacimiento. Árbol sagrado asociado a la muerte y la otra vida.
Manzano: el amor, el poder y la juventud. El árbol del más allá. [Esto me suena…]
Haya: símbolo de poder. Homólogo femenino del roble. Reina de los bosques.
Olmo: la victoria y la consecución de nuevas cimas.
Pino: fertilidad y protección.
Nogal: sabiduría y ciencia.
Higuera: abundancia y fertilidad.



La Rueda Celta del Año

Fueron los druidas los que desarrollaron una escritura secreta basada en el alfabeto Oghámico y aplicada a las hojas de las plantas. En ella cada muesca o grupo de incisiones estaba relacionado a un árbol, cuyo nombre en gaélico irlandés lo relacionaba con una letra. Así recolectaban toda clase de hojas, que utilizaban para enviar mensajes que sólo podían leer personas iniciadas en druidismo, consistentes en intercalar las hojas a lo largo de un hilo, según su correspondencia alfabética.

Este alfabeto tiene relación con el calendario druídico, en el que las trece primeras consonantes correspondían a cada uno de los trece meses lunares y cada uno de ellos a su vez está relacionado con un árbol. En la rueda celta del año están marcados los meses y su correspondencia con cada árbol, así como las fiestas siguientes:

Samhain: 31 de octubre, última noche del año druídico. Festividad para honrar a los muertos.
Beltayne: 1 de mayo. Agradecimiento a los dioses familiares por proteger los fuegos del hogar.
Ymbolc: 1 de febrero. Festividad de la purificación y de recogimiento invernal en espera de la primavera.
Lugnasad: 1 de agosto. Celebración de la cosecha y agradecimiento a la tierra por su generosidad.
Ostara: 21 de marzo. Celebra la llegada de la primavera.
Litha: 23 de junio. Celebra la abundancia y la belleza de la tierra.
Yule: 23 de diciembre. Celebra el nacimiento del Dios Sol.
Mabon: 23 de septiembre. Celebra el fin del verano.

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16/05/2005

Lección 5: Visibilidad

Si paseamos por el campo con nuestro amigo Pepe, que es biólogo, y nos dice: "Mira, eso es un arce", la imagen de ese árbol que se mece ligeramente con el viento quedará unida para siempre en nuestra mente con la sonoridad del significante que la representa (/arce/), de una forma mucho más potente y útil, sin duda, que si buscamos arce en el diccionario y leemos: "(Del lat. acer, aceris.) m. Bot. Árbol de la familia de las aceráceas, de madera muy dura y generalmente salpicada de manchas a manera de ojos, con ramas opuestas, hojas sencillas, lobuladas o angulosas; flores en corimbo o en racimo, ordinariamente pequeñas, y fruto de dos sámaras unidas".

Palabras e imágenes están, pues, indisolublemente unidas, hasta tal punto que nadie podría poner la mano en el fuego a la hora de afirmar si su pensamiento discurre en palabras o en imágenes. No en balde la figura retórica más usada en literatura es la metáfora, que no consiste sino en la transformación de un concepto (que, por su abstracción o su importancia necesitamos evidenciar) en una imagen que lo representa y al mismo tiempo lo renueva y fortalece. "La metáfora viene a ser la bomba atómica mental", dice Ortega y Gasset, y con ello hace uso a su vez de una metáfora para crear en la mente del lector una imagen que cristalice el término. Mucho más últil para acercarnos el concepto, qué duda cabe, que la definición que nos ofrecen los manuales de retórica: "Figura importantísima (principalmente a partir del barroco) que afecta al nivel léxico-semántico de la lengua y que tradicionalmente solía ser descrita como un tropo de dicción o de palabra (a pesar de que siempre involucra a más de una de ellas) que se presenta como una comparación abreviada y elíptica (sin el verbo)".

Si nuestro amigo del alma nos dice "Estoy fatal", no descansaremos hasta que nos explique con más detalles a qué se refiere. Y hasta que no logremos sacarle algo similar a "Es como si me estuvieran perforando el estómago con un taladro" no estaremos en disposición de consolarle.

De forma que nos movemos constantemente de la palabra a la imagen, de la imagen a la palabra, con una soltura tal que nos resulta difícil tratar a este matrimonio como entes separados. Ni falta que hace, pues si llamas a una se trae a la otra de la mano, y viceversa.


John Gardner dice que la narración ha de provocar "un sueño vívido y continuo" en el lector. Leamos sus palabras:

Si el escritor entiende que las historias son ante todo, historias, y que el mérito de las mejores es dar origen a un sueño vívido y continuo, raro será que no se interese por la técnica, ya que la mala técnica es lo que más rompe la continuidad e impide que dicha ilusión se desarrolle. Y no tardará en descubrir que cuando manipula deslealmente lo que escribe —forzando a los personajes a hacer cosas que no harían si se vieran libres de él; introduciendo demasiado simbolismo (con lo que disminuye la fuerza de la narración al quedar excesivamente dirigida al intelecto); o interrumpiendo la acción para moralizar (por importante que sea la verdad que desee predicar); o “inflando” el estilo hasta el punto de que éste destaque más que el más interesante de los personajes—, el escritor, con estas torpezas, estropea su creación.

De modo que cuando el lector deja de visualizar imágenes y acciones para encontrarse con simples palabras una detrás de otra (como en el diccionario) el autor ha fracasado. Al contrario, cuando el escritor consigue mantener al lector en un mundo de imágenes rico y coherente a lo largo de todo el relato, ha triunfado en su objetivo.

Pero demos ahora la vuelta a la tortilla. Para conseguir crear en la mente del lector ese sueño vívido y continuo del que habla Gardner, el autor ha de visualizar antes, de forma detallada y concienzuda, las escenas de su relato. Para ello, ha de acudir a todo el caudal de imágenes —vividas o soñadas— que se almacenan en su cerebro, a las instantáneas captadas en el andén del metro o en la pescadería, a las películas vistas o a los sueños recreados por otros escritores en sus lecturas.

Si vamos un poco más allá, podemos decir que las imágenes son una fuente inagotable de inspiración para el escritor, pues la fuerza descriptiva de lo que nuestros ojos ven hará saltar la chispa de miles de historias encerradas en un ademán, la mirada de un niño o la forma en que el quiosquero se apoya, perezoso, sobre la pila de los periódicos del día. Así que, cuando sintamos la necesidad impostergable de escribir pero nuestra mente aletargada no dé con un tema o una idea de arranque, no tenemos más que acercarnos a la exposición de fotografías más cercana para que nuestro cerebro, ya preparado para ello, empiece a desentrañar las narraciones que envuelven las imágenes que pasen ante nuestros ojos.



PROPUESTA DE TRABAJO

De la imagen a la palabra

Elige una fotografía y escribe una historia a partir de ella, de modo que la imagen sirva para hacer nacer a la palabra, y la palabra para completar la imagen.

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16/05/2005 10:37 Quiero enlazar este artículo. Tema: Taller de Escritura No hay comentarios. Comentar.

17/05/2005

¡Vamos a destapar tapaderas, que no pasa nada!

Acabo de encontrarme con esta noticia en El Mundo: El policía que manipuló los teléfonos móviles de los atentados del 11-M se infiltraba en grupos islamistas.

Por si no tenéis tiempo de leerlo, os haré un resumen. La tienda donde se liberaron los móviles utilizados en el 11M es propiedad de un policía nacional español de origen sirio que lleva varios años infiltrado en las células islamistas que hay en España. En la noticia no sólo pone el nombre completo y las relaciones de este policía con terroristas islámicos reconocidos, sino que también menciona el nombre de su hermana, traductora para la policía y de su ex-mujer, también policía.

¿¡Pero estos periodistas son idiotas o qué!? No sólo acaban de impedir que este policía siga infiltrado en las células terroristas, ahora que ya estaba ahí metido, bien considerado y con una red de confidentes, con lo que obteníamos una información valiosísima para evitar nuevos atentados. No, además a partir de ahora él y toda su familia van a estar en el punto de mira de los islamistas. No me extrañaría nada que dentro de unas semanas apareciese alguno de ellos muerto.

¿De verdad los periodistas tienen algo de cerebro, a parte de para vender el mayor número de periódicos posible? Cada vez lo dudo más.

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23/05/2005

Lección 6: El ritmo del discurso

Aunque puede parecer que la cuestión del ritmo es más importante en la poesía que en la prosa, no es así. Es verdad que en prosa el ritmo puede ser más libre (más abierto a diferentes combinaciones) que en un poema, pero no menos importante.

El ritmo de la voz del narrador ha de amoldarse a lo que nos está contando. Si el ritmo está descompensado, el lector percibirá cierta somnolencia ante la monotonía de las frases o le entrará tal taquicardia que dejará el texto para hacerse una tila o irse a la cama.

El ritmo vendrá marcado por varios factores. El primero será la longitud de las frases. Las frases largas están muy bien para hablar de sentimientos, por ejemplo, al estilo de Proust, pero no para la novela negra o el discurso publicitario.

Actualmente se tiende a acortar las frases porque la vida —y por tanto la realidad escrita— es más acelerada. Vivimos deprisa, queremos saber las cosas rápido, nos pierde la impaciencia. Por otro lado, si el narrador está contando una persecución, más vale que lo haga con frases cortas, concisas, para que el tiempo del discurso no sobrepase con creces al tiempo de la acción; las oraciones cortas dan velocidad al texto. Si lo que nos está relatando, por el contrario, es la contemplación de un paisaje, se podrá recrear en oraciones largas y calmosas. En general (y respetando el estilo propio), conviene ir alternando frases largas y cortas, para evitar la monotonía o el frenesí.

La longitud de los párrafos también influirá en el ritmo del relato. Conviene no cansar al lector con párrafos quilométricos, ni hacerle saltar constantemente de uno a otro. Con todas las excepciones que pueda imponer cada narración, valga como norma general la misma que con las frases: alternar párrafos largos y cortos dará un ritmo variado al texto, como en las sinfonías los tramos lentos y rápidos.

Otro factor que regulará el ritmo es la subordinación o coordinación de las oraciones. La subordinación crea, en general, un efecto acumulativo (las oraciones subordinadas se van acumulando sobre la oración principal, engordándola y cubriéndola de matices significativos). La coordinación, por su parte, proporcionará reiteración (y, y, y; ni, ni, ni) y sucesión de los acontecimientos (Cogí el abrigo y me marché, y ella se quedó allí, y yo creo que todavía estará allí, cubierta ya de telarañas).



Vamos a ver un ejemplo de ritmo en unos fragmentos de un cuento de Gabriel García Márquez («El avión de la Bella Durmiente»). Dejaos llevar por la melodía maravillosa de la voz del narrador:

Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y una aura de antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesia que de los Andes. Estaba vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales de color de las bugamilias. «Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida», pensé, cuando la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola para abordar el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y desapareció en la muchedumbre del vestíbulo.
[…]
El vuelo de Nueva York, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. «Si alguna vez escribiera esto, nadie me lo creería», pensé. Y apenas si intenté en mi media lengua un saludo indeciso que ella no percibió.
Se instaló como para vivir muchos años, poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí a tiempo. Pues sólo quiso un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.
Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo metódico y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su nacimiento. Por último bajó la cortina de la ventana, extendió la poltrona al máximo, se cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de medio lado en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, sin un cambio mínimo de posición, durante las ocho horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo a Nueva York.
Fue un viaje intenso. Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado. El sobrecargo había desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado por una azafata cartesiana que trató de despertar a la bella para darle el estuche de tocador y los auriculares para la música. Le repetí la advertencia que ella le había hecho al sobrecargo, pero la azafata insistió para oír de ella misma que tampoco quería cenar. Tuvo que confirmárselo el sobrecargo, y aun así me reprendió porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito con la orden de no despertarla.
[…]


Como podéis observar, en este relato de melodía exquisita predominan las frases largas y coordinadas (y, y, y), pues la historia nos transmite una sucesión de acontecimientos, el transcurso de una noche de amor. Esa es la música de fondo de la voz del narrador. No obstante, se cuida bien de introducir de vez en cuando frases cortas que nos espabilan y rompen la letanía como toques de platillos («Me quedé sin aliento», «Fue un viaje intenso»…), así como frases subordinadas en la que los matices se superponen acumulativamente («Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un instante al hechizo de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado»). Asimismo, nos encontramos a lo largo del relato con párrafos cortos, de longitud media, y largos.

Por supuesto, el ritmo de la voz del narrador tiene mucho que ver con el estilo del escritor, pero también en buena medida con la historia que nos cuenta, y con la habilidad para evitar la monotonía o la dispersión. En conjunto, los relatos son como una sinfonía, con un ritmo de fondo y variaciones que se van desarrollando en consonancia con el contenido. Son técnicas que el escritor usará, en general, de forma intuitiva, pero que a la hora de revisar habrá de tener en cuenta.




PROPUESTA DE TRABAJO

Una persecución

Ponte en esta situación: vas por la calle una noche, alguien sale de una bocacalle y se pone a perseguirte, tú echas a correr. Se produce una persecución. Narra esa escena.

A continuación, fíjate en el ritmo del discurso. ¿Qué longitud tienen las frases? ¿Cambiaría el ritmo si fueran más cortas o más largas? ¿Cómo crees que se podría mejorar el ritmo de la historia?

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23/05/2005 13:05 Quiero enlazar este artículo. Tema: Taller de Escritura No hay comentarios. Comentar.

Fin de semana de Starwars

Supongo que os habéis dado cuenta que este fin de semana Starwars (me gusta más que decir la Guerra de las Galaxias, es más corto y no es una traducción mal hecha) estaba por todas partes, salía hasta en la sopa. Vamos, yo encantada, soy una fan total de la serie (también de El Señor de los Anillos y Harry Potter, aunque más de los libros; menuda friki estoy hecha), pero pensándolo fríamente, me doy cuenta de que el bombardeo ha sido brutal.

Además de los carteles y el propio trailer que salía cada dos por tres en la tele, está el mayo galáctico de Antena 3 (los del Real Madrid deberían pedir derechos, je je), el anuncio de movistar y los reportajes que salían en tooodos los programas, desde los de cine hasta el telediario, pasando por los del corazón y los de humor-entretenimiento-opinión tipo Buenafuente. Yo prácticamente no veo la tele; lo único que no daña mi buen gusto y mi inteligencia son las películas, tres o cuatro series, Buenafuente y los telediarios (bueno, estos... son necesarios para informarse), pero es que cada vez que la encendía siempre salía algo.

Sólo recuerdo una campaña así (aparte de otras de Starwars): la de la primera película de Harry Potter. A mí me engancharon los libros, así que toda la publicidad llovió sobre mojado, pero mi hermano (por poner un ejemplo de tantos que conozco) acabo tan asqueado que no sólo no ha visto ninguna peli ni ha querido ni leer la contraportada de uno de los libros, sino que ni siquiera ha querido escuchar ni una sola vez su banda sonora, y eso que John Williams es su compositor favorito con mucha diferencia (los dos estamos locos por las bandas sonoras).

Pero volvamos a Starwars. Todo este bombardeo, a pesar de ser muy fuerte era más o menos normal, hasta que ayer me puse a ver la fórmula uno con mi familia (mi hermano se adueñó del mando y no hubo forma de ver otra cosa). Nos dimos cuenta que los coches del equipo Red Bull estaban decorados con cosas de la película: en el alerón de atrás ponía Starwars y en los costados algo de "the Dark Side". Parece que el equipo ya hubiese desaparecido de no ser por la cabezonería de Red Bull, por lo que esta publicidad es una buena inyección de capital. Pero ya cuando nos quedamos flipados fue cuando uno de los coches se salió y fue a boxes. Todos los mecánicos estaban disfrazados de soldados imperiales. En el buzo blanco tenían pintadas de negro las zonas de las juntas de la armadura y el casco, en vez de ser de los normales, era una réplica exacta del de la película.

En definitiva, que George Lucas puede ser mejor o peor director o guionista, pero es el rey del marketing.

Y lo importante, la película. La vi el viernes, pero he estado liada celebrando mi cumpleaños (no os adelantéis, es el jueves) y el de un amigo y todavía tengo la crítica a medias; mañana seguramente la pondré. Pero os hago un pequeño adelanto: ¡ESTÁ GENIAL! No supera a la trilogía original pero está a su altura, que ya es bastante. De verdad, salí prácticamente dando botes del cine. No os la perdáis por nada.

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24/05/2005

Star Wars Episodio III: La Venganza de los Sith

Lo prometido es deuda y aquí está mi análisis de Starwars Episodio III: La Venganza de los Sith.

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Como decía en mi anterior artículo: ¡ES GENIAL! ¡ME HA ENCANTADO! Vale, tiene sus pequeños fallos, pero es con mucho la mejor película de esta primera trilogía. Ahora mismo no estoy segura de si es mejor o peor que la trilogía original (tendría que ver todas otra vez), pero desde luego está a su altura. Como decía alguien en el foro de Elgenoma, nos hemos reconciliado con George Lucas.

Empecemos por EL fallo, y esta vez no podemos echarle la culpa a Lucas. El gran fallo ha sido el doblaje de Anakin y sobre todo de Palpatine. No sé por qué Anakin cuando es “malo” le baja el tono de voz cuatro tonos, y cuando es “bueno” vuelve a ser normal. Y lo de Palpatine no tiene nombre. Hay una escena dramática e importantísima que se estropea completamente porque se pone a dar grititos tipo niña (ya la comentaré con detalle en la parte de spoilers).

La escena en la que Anakin finalmente acepta pasarse al lado oscuro no me acaba de convencer. No sé si es por el doblaje o realmente por la escena en sí, pero este paso me parece un poco forzado. No es que esté mal del todo, pero…

Pero el resto es apoteósico. La película empieza en un tono más relajado, pero se vuelve más oscura por segundos. La última ¿hora, media hora? No sé, perdí la cuenta del tiempo. La última parte te tiene con el corazón en un puño. Sí, las batallas siguen siendo espectaculares, pero lo que impresiona son los sentimientos y las emociones, lo intensos que son y cómo lo transmiten los actores. Lo mejor de la película, sin duda. También se resuelven muy bien algunos cabos sueltos como el porqué no hay droides en la trilogía original o porqué C3PO no sabe nada. Pero eso ya lo veréis.

Y los actores. Magníficos, todos. Hayden Christensen ha mejorado mucho y está estupendo. Natalie Portman, Samuel L. Jackson, Ian McDiarmid (aunque a este hay que verle en versión original) y R2D2, geniales. Y Ewan McGregor lo borda.

Por supuesto, la fotografía, los efectos especiales y demás estupendos, a lo que estamos acostumbrados, vaya. La banda sonora no es de las mejores de John Williams, tiene pocas melodías nuevas, pero sigue siendo preciosa, como siempre.

Ahora voy a comentar algunas/bastantes escenas que me impactaron, así que no leáis lo que sigue hasta después de haber visto la película, que ya que sabemos como acaba, tampoco es plan de fastidiar más.



SPOILERS



Buff, no sé ni por donde empezar. Intentaré hacerlo más o menos cronológicamente, pero no prometo que no vaya a ir un poco de atrás a delante.

Hayden Christensen resuelve muy bien las razones de la caída de Anakin. Se ve como poco a poco, su orgullo y ansias de poder y las limitaciones que le imponen los Jedi hacen que se vaya volviendo más intransigente. Y su obsesión por salvar a Padmé de lo que ve en su sueño… es una jugarreta del destino perfecta: se cumple la visión exclusivamente porque existe. Si no hubiese existido esa visión, Anakin no habría intentado evitarla, y precisamente por intentar evitarla se cumplió.

La escena en que Anakin finalmente acepta ser el Aprendiz de Lord Sidius está un poco forzada, como dije, pero lo que realmente la estropea es el doblaje. En cuanto Anakin recibe el nuevo nombre de Lord Vader, entra Mace Windu con otros Jedi e intenta detener a Palpatine. Lord Sidius utiliza una especie de rayos para luchar contra el Jedi, y ese despliegue de energía hace que su rostro se arrugue y deforme, para que coincida con los de después, lo que queda bien, pero los gritos tipo niña que suelta en el proceso y la voz aguda que se le queda jo*** toda la escena.

Después Lord Sidius manda a Anakin matar a todos los Jedis del Templo y da la famosa orden 66, que hace que los clones se vuelvan contra los Jedi. Esta es una parte tristísima, cuando vas viendo escenas de cómo varios Jedis avanzan confiados y los clones los matan a sangre fría, la cara de perplejidad que tienen todos. Y ya cuando entra Anakin en el templo, con la capucha puesta, la cara de maldad y frialdad, se encuentra a unos cuantos niños Jedis escondidos en una sala, que le preguntan inocentemente que qué pasa y ves en su cara que los va a matar sin piedad… me dio un vuelco al corazón y estuve a punto de echarme a llorar ahí mismo.

También son muy buenas las escenas en que Padmé se da cuenta de su Anakin ha cambiado, y la de Obi Wan cuando Yoda le comunica que es él quien tiene que matar a Anakin, por el bien incluso de él mismo.

Otra escena que también esperábamos: la instauración del imperio. Fue emocionante cuando Palpatine disuelve la República y se autoproclama primer Emperador del Imperio Galáctico. En ese mismo momento me vino a la mente Julio César; una, que desvaría.

Natalie Portman transmite muy bien la angustia y confusión de Padmé: sabe que Anakin ha cambiado, no entiende cómo puede pensar ahora así, pero se resiste a creer que está todo perdido y a traicionarle e intenta llegar a donde sólo ella sabe que está, sin saber que tiene a Obi Wan de polizón.

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Y por fin, la anunciada lucha de 20 minutos entre Obi Wan y Anakin, que parece que dura unos segundos, ni te enteras. Sorprende como cambia la expresión de Anakin de amor al ver a Padmé a enfado al ver a Obi Wan también en la nave. Cuando la está ahogando, con esa cara de crueldad te das cuenta que ya no hay vuelta atrás, a Anakin sólo le importa él mismo y su poder, ni siquiera lo que más ama se interpondrá.

La lucha en sí es impresionante por si sólo, pero lo mejor son las emociones de los contrincantes: por un lado un Anakin frío y cruel, que quiere matar al que consideraba una especie de padre porque se interpone en su camino, y por otro lado Obi Wan, que lucha mejor que nunca, pero que a la vez no quiere hacerlo e intenta hacer entrar en razón a Anakin mientras tanto. Emociona el final de la lucha, cuando la arrogancia de Anakin hace que Kenobi gane; cuando Obi Wan le grita entre lágrimas que él era el elegido, el que debía acabar con los Sith y traer el equilibrio a la fuerza; que era su hermano y le quería (en pasado). Y Anakin, quemándose con la lava sólo le contesta: te odio, odio que se ve sobre todo en su cara y su tono, más que en sus palabras. Y Obi Wan sólo recoge el sable-láser, el que dará a Luke, y se va despacio, llorando. Impresionante.

Llega ya el final, que está contado magistralmente. Es perfecto cómo se va viendo a la vez, con escenas intercaladas, la muerte de Padmé/nacimiento de los mellizos y el nacimiento de Lord Vader/muerte de Anakin (porque Anakin deja de existir en ese momento). Un montaje magistral, ya puede ir aprendiendo señor Ridley Scott. Te conmueve hasta las lágrimas cómo Padmé tiene a los mellizos, les pone nombre (esto está un poco forzado) y se deja morir, porque ya no tiene ganas, ni siquiera por sus hijos. Y ver como van montando y poniendo piezas de metal a Anakin es emocionante, sobre todo cuando le ponen la mascara… le ponen el casco… sale un primer plano de la cabeza de lado… todo el cine está en tensión… te agarras a los reposabrazos… los segundos se hacen eternos… y por fin se oye: ffffss-fffss. La primera respiración de Lord Vader. Apoteósico. También cuando le levantan y se le ve por primera vez entero. Y cuando habla por primera vez al Emperador y volvemos a oír la voz metalizada de Constantino Romero.

Pero cuando estás feliz y emocionado por la aparición de Lord Vader te meten otro palo, cuando pregunta al Emperador por Padmé y este le contesta que él la mató. El grito que da es desgarrador. Como dijo una amiga mía, jamás pensé que pudiera sentir pena por Lord Vader, pero lo hice.

Y aquí se acaba la larga crónica de una película muy bien hecha, muy emocionante y muy triste. Se acabó la serie de Star Wars.

THE END

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26/05/2005

¡Feliz Cumpleaños Linwen!

Ya son las doce y pico, así que ya tengo 25 años. En realidad me faltan unas 12 horas, porque nací a las 12 del mediodía; seguro que esto me influyó en mi disgusto por madrugar.

Goldhands decía hace unos meses que se estaba preparando para pasar a la treintena. Esa es una barrera digna de respeto pero, aunque no lo parezca, a los 25 también hay otra, aparte de la de llegar al cuarto de siglo, que visto así impone un poco.

A los 20 dejamos de ser adolescentes para convertirnos en jóvenes y a los 25, aunque seguimos con la etiqueta de jóvenes, ya se nos considera adultos. A ver si me explico. Entre los 20 y los 25 todavía estamos estudiando, dependemos de nuestros padres y nuestras mayores preocupaciones (que no son pequeñas) son los estudios, salir de juerga con los amigos y el novio/a (quien lo tenga). Pero más o menos esta edad empezamos a buscar trabajo, independizarnos, preocuparnos de la declaración de la renta y de cómo llegar a fin de mes… comenzamos propiamente una vida adulta.

Sé que esta edad no es una barrera psicológica tan grande como los 30, 40, etc. (ni los 20, todavía no entiendo el berrinche que me llevé cuando los cumplí), sobre todo porque esa independencia de la que hablaba no la obtiene todo el mundo a la misma edad, pero parece que más o menos por aquí es cuando las cosas cambian.

Bueno, otra etapa de la vida más, con sus pros y sus contras. Simplemente intentaré ser tan feliz como en las demás.

PD: Linwen es el diminutivo de Lindalawen, que Linda no tiene nada que ver con el significado original.

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30/05/2005

Lección 7: La voz

El narrador de una historia es alguien del que muchas veces sólo conocemos la voz. No sabemos cómo va vestido ni qué hace en sus ratos de ocio, sino únicamente qué nos dice. Y hablo de voz (igual que antes he hablado de discurso) porque el lenguaje escrito, como ya dije, tiene mucho de oralidad transformada. Todavía, después de tantísimos siglos, la literatura conserva rasgos de su origen hablado, de las historias contadas alrededor de una hoguera o en la plaza del pueblo, y también del teatro. Así que al lector, cuando lee una novela, le parece estar escuchando un rumor muy característico que le va contando al oído sucesos fascinantes, y a través del cual tiene acceso, con ayuda de su imaginación, al mundo ficticio.

Para que esto ocurra, la voz del narrador ha de pasar inadvertida en lo posible (sobre todo cuando lo que se escribe es una novela), porque si continuamente llama la atención sobre sí misma, el lector se distraerá de la historia que le están contando y fijará su atención en las modulaciones atípicas de la voz, perdiendo el hilo de la narración propiamente dicha. No hay que olvidar que el objetivo del escritor, y por tanto del narrador, es que la historia y los personajes cobren vida en la imaginación del que lee, y eso es imposible si el narrador está gritando «¡Aquí estoy yo!», en una exhibición continua de sus cuerdas vocales. De igual modo, tampoco es conveniente usar una voz monocorde y soporífera que, aunque no se señale a sí misma, tampoco apunte a los hechos que está narrando ni se implique en ellos.

En definitiva, para que la voz del narrador pase inadvertida sin resultar tediosa se tiene que dar una especie de simbiosis entre ésta y los hechos narrados, de modo que acoplada la una a los otros, formen una misma cosa.

Es importantísimo, pues, modular bien la voz del narrador y aprovechar todos los recursos que nos ofrece. Esa modulación va a depender de muchas cosas, como cuál es la historia que se está contando, si el narrador es a la vez uno de los personajes de la historia o alguien ajeno a ella, el bagaje cultural del autor, etc.; así que tendríamos tantos tipos de voces y combinaciones posibles de sus características como historias en el mundo.





Vamos a ver tres de los recursos de que dispone la voz del narrador y que, usados en su justa medida, pueden darle una modulación adecuada: el tono, el volumen y la expresividad.

Tono

Igual que en la vida diaria el tono que utiliza una persona para hablar a su interlocutor da un significado u otro a lo que dice, también el tono del narrador aportará parte del sentido a la historia.

El tono puede ser más grave o más agudo. Cuanto más grave sea, tanto más serio y profundo sonará lo narrado, mientras que la subida de los agudos imprimirá notas ascendentes de desenfado al texto.

Dependiendo del suceso concreto que se esté contando, el tono puede variar dentro de un mismo texto: no es lo mismo narrar un suicidio que una charla distendida entre amigos. Sin embargo, hay que tener cuidado con estas variaciones, ya que si son muy exageradas o repentinas, dará la impresión de que la voz del narrador ha cambiado, y que es otra persona —otra voz—, de pronto, la que nos habla.

El tono del narrador influirá tanto en la percepción de la historia como en la de los personajes, y a la vez se verá influido por ellos. Para ejemplificarlo, vamos a detenernos en nuestras tres obras modelo.

Volumen

Regular el volumen de la voz del narrador es otra cuestión importante. En principio, a nadie le gusta que le griten. Valga como norma, pues, que la voz del narrador debe permanecer en un volumen medio: ni muy alta, ni muy baja. Sin embargo, como todos los recursos que estamos viendo, su modulación aportará a la historia matices significativos, con lo cual el narrador podrá alzar o bajar la voz cuando la historia lo justifique. Pero sólo en esas ocasiones.

Pongamos un ejemplo de voz injustificadamente chillona:

Así yo veía en aquellos días como motivo absoluto de una estrofa las adelfas cargadas de suicidios en los parques abochornados por la sombra soberbia de los rascacielos, la venustidad extravagantemente erótica de los escaparates, las barandillas de oxidado metal renegrecido de las escaleras de emergencia de aquellos viejos edificios del Bronx. (¡Qué bella decadencia en sus paredes delineadas como murales vivientes por las manchas de humedad y por los fanáticos grafitis!).

Como se puede ver, no sólo con exclamaciones se puede alzar la voz, sino también por medio de la combinación de sustantivos y adjetivos. En este caso, lo que se nos está contando no merece gritos, así que se le agradecería al narrador que bajara el volumen. Por otra parte, si el volumen permanece muy alto a lo largo de todo el discurso, el narrador no podrá subirlo cuando realmente se necesite, es decir, en las escenas de verdadera relevancia que requieran un grito de aviso al lector («¡Cuidado! El perro está suelto»). Asimismo, el narrador puede bajar el volumen en aquellas partes —siempre necesarias en una novela— de puro trámite que no precisen una atención especial del lector; por ejemplo, mientras el protagonista baja las escaleras, sale a la calle y toma un taxi para dirigirse a una comida a la que está invitado, y en la que sí sucederán cosas dignas de una subida del volumen.

Expresividad

Otro recurso que va a permitir ajustar la voz del narrador va a ser la expresividad, que implicará la proximidad afectiva y el grado de adecuación del narrador con respecto a los personajes. En este sentido, la voz del narrador podrá ser cálida o fría, anhelante, acariciadora, tierna, distante, amenazadora o permisiva, despreciativa...

Igual que ocurre con el tono o el volumen, la expresividad de la voz del narrador va a aportar, combinada con el contenido de la historia, diversos visos de sentido a los personajes y, por tanto, influirá en la aproximación del lector hacia ellos. La policromía y la rica plasticidad que adquiere un texto por medio de este recurso bien utilizado es algo que muchos novelistas, encerrados en una neutralidad expresiva carente de matices, deberían tener en cuenta.

Tono, volumen y expresividad: tres herramientas muy útiles para modular la voz del narrador, cuyo dominio llevará a una perfecta adaptación del discurso a su contenido.





PROPUESTA DE TRABAJO

Modular la voz

Concéntrate en tu estado anímico actual y, cuando tengas claro cuál es, escríbele una carta a un amigo. Cuéntale lo que te ocurre sin usar una sola palabra abstracta (pena, alegría, tristeza, desazón, melancolía…), es decir, por medio de acciones y expresiones concretas, usando los recursos que se han dado en esta lección para teñir el discurso del estado de ánimo del que partiste.

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30/05/2005 13:16 Quiero enlazar este artículo. Tema: Taller de Escritura No hay comentarios. Comentar.




Deseos de Cosas Imposibles

¿Nunca habéis soñado con ser otra persona distinta? ¿Con viajar por todo el mundo, cantar mejor o saber actuar? En definitiva, ¿con una vida más interesante y emocionante? Si la respuesta es sí, venid y soñad conmigo.

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